La hija del clerigo

La hija del clerigo

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A primera hora de la mañana, antes de que el lúpulo estuviera lo bastante seco para manejarlo, era una labor lenta. Pero luego salía el sol y empezaba a emanar de las plantas aquel agradable aroma amargo, y la pereza matutina abandonaba a la gente que empezaba a trabajar más deprisa. De las ocho al mediodía no hacías más que recoger, recoger y recoger, presa de una especie de ansiedad apasionada, que crecía a medida que transcurría la mañana, por limpiar los tallos y adelantar un poco la saca en la hilera. Al empezar una plantación todas las sacas estaban a la par, pero poco a poco los mejores recolectores se iban adelantando y algunos acababan su hilera cuando los demás iban solo por la mitad; en ese caso podían volver, terminar la hilera por ti, y hacer lo que llamaban «robarle a uno el lúpulo». Dorothy y Nobby casi siempre acababan los últimos pues eran solo dos y en casi todas las demás sacas eran cuatro. Además, Nobby, con sus manazas callosas, era un bracero bastante torpe; por lo general, a las mujeres se les daba mejor que a los hombres.







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