La hija del clerigo

La hija del clerigo

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Entre las sacas que había a ambos lados de Dorothy y Nobby —la seis y la ocho— había siempre una reñida competencia. La número seis era una familia de gitanos: el padre, que tenía el pelo rizado y un aro en la oreja; la madre, una anciana reseca con la piel curtida como el cuero; y dos hijos fornidos. La número ocho era una vieja vendedora ambulante del este de Londres que llevaba un sombrero de ala ancha y un largo abrigo negro y tomaba rapé de una caja de papier mâché con un barco de vapor pintado en la tapa. Siempre contaba con la ayuda de hijas y nietas que llegaban de Londres por turnos para pasar un par de días. También había un enjambre de chiquillos que trabajaban con el grupo, iban con cestas detrás de las sacas y recogían el lúpulo que caía al suelo mientras los adultos recolectaban. Rose, la minúscula y pálida nieta de la vendedora ambulante, y una niña gitana, morena como una india, se pasaban el día escabulléndose para robar frambuesas y fabricar columpios con los tallos del lúpulo, por lo que el constante canturreo en torno a las sacas se veía interrumpido por los chillidos de la mujer que decía:

—¡Vamos, Rose, perezosa! ¡Recoge los conos! ¡Te voy a calentar el trasero…!



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