La hija del clerigo

La hija del clerigo

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Más de la mitad de los braceros del grupo eran gitanos —debía de haber al menos doscientos en el campamento—. Los otros los llamaban «didecais». No eran mala gente, sino muy amistosos y zalameros, sobre todo cuando querían conseguir alguna cosa, no obstante eran astutos, con esa astucia impenetrable de los salvajes. En sus rostros burdos y orientales había una mirada como la de una fiera adormilada, una mirada estulta que coexistía con una indomable marrullería. Su conversación consistía en media docena de observaciones que repetían una y otra vez sin cansarse. Los dos jóvenes gitanos de la saca número seis preguntaban el mismo acertijo a Nobby y Dorothy una docena de veces al día:

—¿A que no sabéis qué es lo que no podría hacer ni el hombre más inteligente de Inglaterra?

—No sé. ¿Qué?

—Rascarle el —— a un mosquito con un poste de telégrafos.

Y a eso seguía siempre una sonora carcajada. Todos eran terriblemente ignorantes, se enorgullecían de no saber leer. El padre, que de algún modo había llegado a la conclusión de que Dorothy era «instruida» le preguntó un día totalmente en serio si se podía ir en carromato a Nueva York.


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