La hija del clerigo
La hija del clerigo A las doce en punto, un toque de sirena procedente de la granja advertía a los braceros de que podían descansar una hora, y eso era poco antes de que el medidor pasara a por el lúpulo. Al grito del capataz de «¡Número diecinueve, lúpulo listo!», todos corrían a recoger el lúpulo caído, a terminar los tallos que habían quedado sin recoger aquí y allá y a quitar las hojas de la saca. Era todo un arte. No convenía recoger los conos demasiado «limpios» porque las hojas ayudaban a llenar la saca. Los más avezados, como los gitanos, eran expertos en calcular lo «sucios» que podían estar los conos.