La hija del clerigo

La hija del clerigo

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El medidor pasaba con una cesta de mimbre en la que cabía media fanega, acompañado de un empleado que iba apuntando en un libro lo que había en cada saca. Estos empleados eran oficinistas, escribanos y contables que cogían aquel trabajo para ganar un sobresueldo en vacaciones. El medidor iba sacando el lúpulo de las sacas e iba contando «¡Una, dos, tres, cuatro!» y los braceros apuntaban el número en sus libretas. Por cada media fanega recogida cobraban dos peniques, y como es natural se producían interminables quejas y discusiones sobre el modo de calcularlo. El lúpulo es blando y media fanega se puede aplastar para que quepa en un celemín, por lo que, cada vez que sacaban una cesta, un bracero se agachaba para removerlo en la saca a fin de que estuviera más suelto, y el medidor a su vez cogía la saca por los bordes y la sacudía para apelmazarlo. Algunas mañanas recibía órdenes de «apurar con el peso» y se las arreglaba para sacar una fanega en cada cesta, lo que causaba airados gritos de «¡Mira cómo lo aprieta el muy ——!» o «Ya puestos, ¿por qué no lo aplastas con el pie?» y otros por el estilo, y los más viejos en el oficio contaban con aire sombrío que habían conocido a algunos medidores que habían acabado en la charca de las vacas el último día de la recolección. De las sacas, los conos pasaban a unos sacos en los que teóricamente cabía un quintal, aunque cuando el medidor había «apurado con el peso», hacían falta dos hombres para levantarlos.


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