La hija del clerigo

La hija del clerigo

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Dos veces por semana podías pedir por adelantado la mitad de lo que llevaras ganado. Si te marchabas antes de terminar la cosecha (una molestia para los granjeros) tenían derecho a pagarte un penique por cada media fanega en lugar de dos, es decir a quedarse la mitad del dinero que te debían. También era sabido que hacia el final de la temporada, cuando a los braceros se les debía una cantidad considerable que no querrían perder dejando el trabajo, el granjero acostumbraba a reducir el jornal de dos peniques la media fanega a penique y medio. Las huelgas eran prácticamente inconcebibles. Los braceros no tenían sindicato, y los capataces de los grupos, en lugar de cobrar dos peniques la media fanega como los demás, cobraban un salario semanal que se suspendía en el acto si había huelga, por lo que estaban dispuestos a remover cielo y tierra con tal de impedirlas. Lo cierto era que, entre unas cosas y otras, los granjeros tenían a los braceros entre la espada y la pared, aunque la culpa no era de ellos sino del bajo precio del lúpulo. Además, tal como observó luego Dorothy, muy pocos braceros sabían lo que ganaban. El trabajo a destajo ocultaba lo menguado de los jornales.





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