La hija del clerigo
La hija del clerigo Ese día no desayunó, ni preparó la comida, pero llegado el momento la fuerza de la costumbre la empujó a ir a los campos de lúpulo con los demás braceros. Con dificultad, pues ahora estaba sola, colocó la pesada saca en su sitio, tiró de la rama más cercana y empezó a recoger. Pero a los pocos minutos reparó en que le resultaba imposible; incluso la labor mecánica de recolectar lúpulo la superaba. Aquella horrible y falsa historia del Pippin’s Weekly la había desanimado tanto que le resultaba imposible concentrarse en ninguna otra cosa. No podía dejar de dar vueltas a esas frases rijosas: «se besaron de forma apasionada», «escasamente vestida», «bajo los efectos del alcohol», y cada vez que una de ellas acudía a su memoria sentía una punzada que casi le producía un dolor físico y le entraban ganas de echarse a llorar.
Al cabo de un rato dejó de hacer como si recolectara, apoyó la rama sobre la saca y se sentó junto a uno de los puntales que sostenían los alambres. Los demás braceros la vieron tan apenada que se compadecieron. Ellen estaba un poco alicaída, decían. ¿Cómo iba a estar si habían detenido a su hombre? (Por supuesto, todos los del campamento daban por sentado que Nobby era el amante de Dorothy.) Le aconsejaron que volviera a la granja y dijese que estaba enferma. A eso de las doce, cuando estaba a punto de llegar el medidor, todos los del grupo echaron una brazada de conos en su saca.