La hija del clerigo
La hija del clerigo Cuando llegó el medidor encontró a Dorothy todavÃa sentada en el suelo. A pesar de la suciedad y de tener la piel tan curtida estaba muy pálida; su rostro estaba demacrado y parecÃa mayor. Su saca estaba a veinte metros detrás de los demás y dentro no habrÃa ni una fanega y media de lúpulo.
—¿Qué te pasa a ti? —preguntó—. ¿Estás enferma?
—No.
—¿Y por qué no has recogido nada? ¿Te crees que esto es una excursión campestre? Aquà no viene uno a sentarse en el suelo.
—¡Calle de una vez y deje de regañarla! —gritó de pronto la vieja vendedora ambulante cockney—. ¿Es que la pobre chica no puede descansar un poco en paz? ¿No les basta a usted y a sus fisgones amigos policÃas con haber metido a su hombre en la cárcel? ¡Ya tiene bastante de lo que preocuparse para que encima vengan a molestarla todos los —— polizontes de Kent!