La hija del clerigo

La hija del clerigo

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Lo había estado pensando y estaba menos alterada que antes. Las frases del Pippin’s Weekly seguían avergonzándola, pero ahora se sentía con fuerzas para enfrentarse a la situación. Entendía muy bien lo que le había ocurrido y lo que había conducido a las calumnias de la señora Semprill. Sin duda los había visto juntos en la puerta y había visto al señor Warburton besándola; y luego, cuando los dos desaparecieron de Knype Hill, nada más lógico —sobre todo tratándose de la señora Semprill— que dedujera que se habían fugado juntos. En cuanto a los demás detalles pintorescos, debía de haberlos inventado después. Aunque, ¿los habría inventado? De lo único que no se podía estar seguro con la señora Semprill, era de si contaba sus mentiras consciente y deliberadamente o si, en su imaginación extraña y retorcida, lograba llegar a creerlas.

En cualquier caso el daño estaba hecho…, de nada servía seguir preocupándose. Ahora tenía que pensar en cómo volver a Knype Hill. Tendría que pedir que le enviaran un poco de ropa y necesitaría dos libras para pagarse el billete de vuelta a su casa. ¡Su casa! La palabra hizo que sintiera una punzada en el corazón. ¡Su casa, después de semanas de suciedad y hambre! ¡Cómo la echaba de menos ahora que lo recordaba!

¡Pero…!


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