La hija del clerigo
La hija del clerigo Una pequeña duda asomó gélidamente a su cabeza. Había una cuestión que no se había parado a pensar. ¿Podía volver a casa después de lo sucedido? ¿Osaría hacerlo?
¿Podría enfrentarse a Knype Hill después de todo lo ocurrido? Esa era la clave. Cuando has aparecido en primera plana del Pippin’s Weekly «escasamente vestida» y «bajo los efectos del alcohol»…, ¡ah, mejor no darle más vueltas! Pero, cuando se han publicado sobre ti toda clase de titulares deshonrosos y calumniosos, ¿puedes volver a un pueblo de dos mil habitantes donde todo el mundo conoce la vida privada de los demás y pasa el día chismorreando?
No lo sabía…, no lograba decidirse. En un primer momento, pensó que lo de la fuga era tan palpablemente absurdo que nadie podría creerlo. El señor Warburton, por ejemplo, podría desmentirlo, y sin duda lo haría por muchas razones. Pero justo después recordó que el señor Warburton estaba de viaje y, a menos que el asunto hubiese trascendido a los periódicos extranjeros, ni siquiera se habría enterado, y volvió a amilanarse. Sabía lo que era ser motivo de escándalo en un pueblo pequeño de provincias. ¡Las miradas y codazos furtivos al pasar! ¡Los ojos que te seguían por la calle entre las cortinas de las ventanas! ¡Los grupos de jóvenes en las esquinas cerca de la fábrica de Blifil-Gordon haciendo comentarios rijosos sobre ti!