La hija del clerigo
La hija del clerigo No obstante, a Dorothy le tranquilizó pensar que su padre haría todo lo posible por protegerla. Además, habría otros. No le faltarían amigos. Como mínimo los feligreses la conocían y confiaban en ella, y ni las Madres Cristianas ni las girl guides ni las mujeres a quienes iba a visitar darían crédito a una historia semejante. Pero el más importante era su padre. Casi cualquier situación es soportable si uno tiene un hogar donde regresar y una familia que lo defienda. Con valor y el apoyo de su padre podría hacer frente a la situación. Al caer la tarde había decidido ya que no había inconveniente en volver a Knype Hill, aunque sin duda al principio sería desagradable, y al acabar la jornada de trabajo pidió un adelanto de un chelín, fue a la tienda del pueblo y compró un penique de papel de carta. De vuelta en el campamento, sentada en la hierba junto al fuego —en el campamento no había ni sillas ni mesas, claro—, empezó a escribir con un trozo de lápiz:
QUERIDÍSIMO PADRE: No sabes lo mucho que me alegra poder volver a escribirte después de todo lo sucedido. Y espero que no te hayas angustiado mucho por mi causa ni que te hayan preocupado esas horribles historias de los periódicos. No sé lo que pensarías cuando desaparecí de pronto y no supiste nada de mí durante un mes. Pero verás…