La hija del clerigo
La hija del clerigo Tres días después de escribirle, fue a la oficina de correos del pueblo y preguntó por su carta. La empleada, una mujer con cara de perro salchicha que sentía un amargo desprecio por los recolectores de lúpulo, le respondió con frialdad que no había llegado ninguna carta. Dorothy se llevó una decepción. ¡Qué lástima! Se habría retrasado el correo. No obstante, no pasaba nada por esperar un día más.
La tarde siguiente volvió convencida de que esta vez sí habría llegado. Pero no fue así. Esta vez la asaltó una duda; y la quinta tarde, cuando siguió sin recibir respuesta, la duda se transformó en un pánico horrible. Compró otro paquete de papel de carta y escribió una misiva larguísima de más de cuatro páginas, explicando una y otra vez lo sucedido y rogándole a su padre que no la tuviera más en vilo. Después de enviarla, decidió dejar transcurrir una semana antes de volver a la oficina de correos.