La hija del clerigo
La hija del clerigo Ese día era sábado. El miércoles olvidó su determinación. Cuando sonó la sirena que indicaba el descanso de mediodía, dejó la saca y corrió a la oficina de correos, que estaba a dos kilómetros de allí, lo que significaba que no tendría tiempo de almorzar. Al llegar se acercó avergonzada al mostrador, casi temerosa de hablar. La empleada de cara de perro estaba sentada en su jaula de barrotes de latón al extremo del mostrador, escribiendo números en un libro de cuentas alargado. Le echó a Dorothy una mirada inquisitiva y siguió con su trabajo sin hacerle el menor caso.
Dorothy notó un dolor en el diafragma. Le costaba respirar.
—¿Hay alguna carta para mí? —dijo por fin.
—¿A qué nombre? —preguntó la empleada sin dejar de escribir.
—Ellen Millborough.
La empleada movió su larga nariz de perro salchicha por encima del hombro un instante y miró el apartado de la eme en el cajón de la lista de correos.
—No —dijo volviendo a su libro de cuentas.
Dorothy se las arregló para salir, emprendió el regreso a la plantación de lúpulo y de pronto se detuvo. Una terrible sensación de vacío en la boca del estómago, causada en parte por el hambre, la dejó sin fuerzas para seguir andando.