La hija del clerigo
La hija del clerigo Después descubrió que en realidad era muy fácil mendigar el chelín diario que necesitaba para seguir con vida. Y no obstante solo mendigaba —lo contrario le parecía imposible— cuando el hambre se volvía insoportable o si necesitaba el penique que era el pasaporte para entrar en el café de Wilkins por la mañana. Cuando iba con Nobby, de camino a los campos de lúpulo, había mendigado sin el menor temor. Pero entonces había sido diferente; no sabía lo que hacía. Ahora, solo el acicate del hambre le hacía reunir el valor necesario para pedir unas monedas a alguna mujer de rostro benévolo. Por supuesto, siempre pedía a las mujeres. Solo una vez intentó pedirle a un hombre…, pero no volvió a hacerlo.