La hija del clerigo
La hija del clerigo Por lo demás, se acostumbró a la vida que llevaba…, a las largas noches sin dormir, al frío, la suciedad, el aburrimiento y la horrible camaradería de la plaza. Al cabo de un día o dos había dejado de sorprenderse de su situación y, como todos los que la rodeaban, llegó a aceptar aquella existencia monstruosa casi como si fuese normal. La sensación de aturdido desconcierto que la había dominado camino de los campos de lúpulo había vuelto a embargarla aún con más fuerza que entonces. Ese suele ser el efecto de la falta de sueño y aún más de tener que vivir a la intemperie. Pasarse la vida al aire libre sin estar bajo techo más que una hora o dos nubla tus sentidos como una fuerte luz que te diera en la cara o un ruido que te retumbase en el oído. Uno actúa, hace planes, sufre, y al mismo tiempo es como si todo estuviese desenfocado y fuese un poco irreal. El mundo, exterior e interior, se adelgaza hasta adquirir casi la vaguedad de un sueño.