La hija del clerigo

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Entretanto la policía llegó a conocerla de vista. En la plaza la gente no hace más que ir y venir y pasa casi desapercibida. Llegan de ninguna parte con sus hatos y sus bártulos, acampan unos cuantos días con sus noches y desaparecen tan misteriosamente como llegaron. Si te quedas más de una semana, la policía te ficha como vagabundo habitual y tarde o temprano acaba deteniéndote. No pueden aplicar la ley de mendicidad regularmente, pero de vez en cuando hacen alguna redada y detienen a dos o tres personas a las que habían echado el ojo. Y eso fue lo que le ocurrió a Dorothy.

Una tarde la «trincaron» en compañía de la señora McElligot y otra mujer cuyo nombre desconocía. Cometieron el error de ir a pedir a una anciana de cara desagradable que fue directa al policía más cercano y las denunció.








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