La hija del clerigo

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A Dorothy no le importó demasiado. Todo le parecía irreal: el rostro de aquella anciana acusándolas airada, el paseo hasta la comisaría del brazo de un joven policía que la trató casi con deferencia y luego la celda de azulejos blancos, con el sargento paternal que le ofreció una taza de té entre los barrotes y le explicó que el juez sería comprensivo si se declaraba culpable. En la celda de al lado, la señora McElligot insultó al sargento, le llamó condenado sinvergüenza y pasó la mitad de la noche lamentando su destino. Pero Dorothy tan solo sintió un vago alivio por estar en un sitio tan limpio y caliente. Se arrastró enseguida hasta la cama de madera adosada a la pared como un estante, demasiado fatigada para taparse siquiera con la manta y durmió diez horas de un tirón. No empezó a hacerse cargo de su situación hasta la mañana siguiente, cuando el furgón policial avanzaba veloz hacia el juzgado de policía de Old Street al son de cinco borrachos que cantaban a voz en grito el «Adeste Fideles».







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