La hija del clerigo
La hija del clerigo Dorothy habÃa sido injusta con su padre al pensar que estaba dispuesto a dejarla morir de hambre en la calle. Lo cierto era que habÃa hecho varios intentos de ponerse en contacto con ella, aunque de forma indirecta y no demasiado eficaz.
Su primera reacción al enterarse de la desaparición de Dorothy habÃa sido de rabia pura y simple. A eso de las ocho de la mañana cuando empezaba a preguntarse dónde estarÃa su agua del afeitado. Ellen habÃa entrado en su dormitorio y le habÃa anunciado en un tono vagamente dominado por el pánico:
—Perdone, señor, la señorita Dorothy no está en casa. ¡No la encuentro por ninguna parte!
—¿Qué? —preguntó el rector.
—¡No está en casa, señor! Y tampoco parece que haya dormido en su cama. ¡Creo que se ha ido, señor!
—¡Que se ha ido! —exclamó el rector incorporándose en la cama—. ¿Qué quieres decir con eso de que se ha ido?
—Bueno, señor…, ¡pues que se ha marchado de casa!
—¡Que se ha marchado de casa! ¿A estas horas? ¿Y se puede saber quién va a prepararme el desayuno?