La hija del clerigo
La hija del clerigo Cuando el rector salió de su habitación —sin afeitar, pues nadie le habÃa llevado agua caliente— Ellen habÃa ido al pueblo a preguntar infructuosamente por Dorothy. Al cabo de una hora la joven seguÃa sin aparecer y sucedió algo terrible y sin precedentes —algo que su padre no olvidarÃa mientras estuviera en este mundo—, el rector tuvo que prepararse el desayuno…, sÃ, tuvo que mancillar sus manos sacerdotales con un hervidor de agua ennegrecido y unas tiras de beicon danés.
Como es lógico, después de aquello su corazón rebosó rencor eterno contra Dorothy. Pasó el resto del dÃa demasiado ocupado quejándose de la impuntualidad de las comidas para preguntarse por qué habrÃa desaparecido y si habrÃa sufrido algún accidente. Lo cierto era que la condenada chica (dijo varias veces «condenada chica» y estuvo a punto de decir algo peor) habÃa desaparecido y que su desaparición habÃa perturbado toda la casa. Al dÃa siguiente, no obstante, la cuestión se volvió más apremiante, porque la señora Semprill empezó a contarle a todo el mundo la historia de la fuga. Por supuesto, el rector lo negó con vehemencia, aunque en su corazón albergaba la sospecha de que podÃa ser cierto. HabÃa decidido que Dorothy era capaz de eso y de más. Una chica que se va repentinamente de su casa sin pensar siquiera en el desayuno de su padre era capaz de cualquier cosa.