La hija del clerigo
La hija del clerigo Asà que pasaron un par de dÃas sin que hicieran nada. Dorothy continuó con su vida solitaria en la habitación de arriba, sir Thomas comió casi siempre en su club y por las noches tenÃan conversaciones de una indescriptible vaguedad. Sir Thomas estaba deseando encontrarle un trabajo a Dorothy, pero tenÃa grandes dificultades en recordar lo que estaba diciendo hacÃa unos minutos. «En fin, querida —empezaba—, ya comprenderás que estaré encantado de hacer cuanto esté en mi mano por ayudarte. Y más siendo tu tÃo y… ¿qué? ¿Cómo dices? ¿Que no soy tu tÃo? ¡No, claro, qué caramba! Tu primo…, eso es, tu primo. En fin, querida, el caso es que siendo tu primo… ¿qué es lo que estaba diciendo?» Luego, cuando Dorothy le recordaba de qué estaban hablando, le hacÃa alguna sugerencia como: «En fin, por ejemplo, querida, ¿no te gustarÃa hacer compañÃa a una señora mayor? Alguna ancianita de esas con mitones negros y artritis reumatoide que luego se mueren y te dejan diez mil libras de herencia a cambio de que cuides de su loro. ¿Qué, qué…?». Y nunca llegaban a ninguna conclusión. Dorothy no hacÃa más que repetirle que ella preferirÃa trabajar de criada o doncella, pero sir Thomas no querÃa ni oÃr hablar del asunto. La idea despertaba en él un instinto de clase que con lo despistado que era no solÃa recordar. «¡Cómo! —exclamaba—. ¿Una criada? ¿Una chica de tu educación? No, querida…, ¡no, no, no! ¡Ni hablar! ¡Solo faltarÃa…!»