La hija del clerigo
La hija del clerigo Sir Thomas llegó al día siguiente y tardó mucho en recuperarse de la sorpresa que se llevó al ver a Dorothy. Había imaginado encontrar una sirena pintarrajeada que le asediaría con tentaciones a las que, ¡ay!, ya no era capaz de sucumbir; y aquella rústica muchacha con pinta de solterona echó por tierra todos sus cálculos. Los planes que había hecho de encontrarle un empleo de manicura o de secretaria de un corredor de apuestas se fueron al traste. De vez en cuando, Dorothy lo sorprendía observándola con desconcertados ojos de crustáceo, obviamente preguntándose cómo era posible que una chica así se hubiese fugado con nadie. Era inútil tratar de explicarle que no lo había hecho. Le había contado su versión de la historia y él la había aceptado con un caballeroso «¡Desde luego, querida, desde luego!», pero por todo lo que había dicho después le había dado a entender que no la creía.