La hija del clerigo
La hija del clerigo Y, claro, Dorothy acabó siendo maestra de escuela. El abogado invisible lo dispuso todo en menos de tres días. Por lo visto, cierta señora Creevy que regentaba una escuela de señoritas en las afueras de Southbridge necesitaba una ayudante y estaba dispuesta a contratar a Dorothy, quien no alcanzaba a imaginar cómo podían haberlo arreglado todo tan deprisa, ni qué clase de escuela era aquella que no tenía reparos en contratar a una desconocida sin ninguna cualificación y a mitad de curso. Claro que ella ignoraba que un soborno de cinco libras, mal llamado bonificación, había cambiado de manos.
Así que, justo diez días después de que la detuviesen por ejercer la mendicidad, Dorothy partió hacia la escuela de Ringwood House, en Brough Road, Southbridge, con un pequeño baúl lleno de ropa y cuatro libras y diez peniques en el monedero, pues sir Thomas tuvo a bien regalarle diez libras. El contraste entre la facilidad con que le habían encontrado aquel trabajo y sus desesperados intentos de hacía tres semanas la dejó perpleja y le hizo comprender, mejor que nunca, el misterioso poder del dinero. Incluso le recordó una de las frases favoritas del señor Warburton que decía que si cogías el capítulo XIII de la Primera Epístola a los Corintios y sustituías la palabra «amor» por la palabra «dinero» en todos sus versículos, el capítulo adquiría diez veces más sentido que antes.