La hija del clerigo
La hija del clerigo Dorothy intentó no humillar a las niñas escandalizándose por su ignorancia, pero en el fondo estaba perpleja y horrorizada. Ignoraba que siguieran existiendo escuelas así en el mundo civilizado. El ambiente del lugar era tan anticuado que recordaba a esas espantosas academias privadas de las que leemos en las novelas victorianas En cuanto a los pocos libros de texto que había en la clase era imposible leerlos sin tener la sensación de haber retrocedido a mediados del siglo XIX. Solo había tres libros y cada niño tenía un ejemplar. Uno era una aritmética de un chelín de antes de la guerra, aunque bastante práctico, otro un horrible librito llamado Historia de Gran Bretaña en cien páginas, un desagradable volumen en doceavo con sucias tapas de color marrón y un retrato de Boadicea en la portada con la bandera de Gran Bretaña enganchada a su carro. Dorothy lo abrió al azar por la página 91 y leyó: