La hija del clerigo
La hija del clerigo Las clases se reanudaban a las dos en punto. Una sola mañana bastó para que Dorothy volviera al trabajo con cierta aprensión y el corazón encogido. HabÃa empezado a vislumbrar lo que serÃa su vida, dÃa tras dÃa y semana tras semana, en aquella aula oscura, tratando de implantar unos mÃnimos conocimientos en aquellas mocosas. Pero después de pasar lista, una de ellas, una niña paliducha con el pelo color de rata llamada Laura Firth se acercó a la mesa y le regaló un patético ramo de crisantemos amarillentos de parte «de toda la clase». A las niñas les habÃa caÃdo bien Dorothy, y habÃan reunido cuatro peniques entre todas para comprarle un ramo de flores.
Algo se conmovió en el corazón de Dorothy al aceptar las feas flores. Observó con más atención los rostros anémicos y los vestidos raÃdos de las niñas y se avergonzó de pronto al pensar que por la mañana las habÃa mirado con indiferencia y casi con desagrado. Ahora la embargó un profundo pesar. ¡Pobres niñas, pobres niñas! ¡Cómo las habÃan atrofiado y maltratado! Y, pese a todo, habÃan conservado esa generosidad infantil que les habÃa empujado a gastar sus escasos peniques en comprarle unas flores a su maestra.