La hija del clerigo
La hija del clerigo Terminado el recreo, había otros tres cuartos de hora de clase y así acababan las clases de la mañana. Después de tres horas en el aula gélida y mal ventilada, Dorothy se sentía exhausta y entumecida y le habría gustado salir a la calle a respirar un poco de aire fresco, pero la señora Creevy la había advertido de antemano que debía bajar y ayudar a preparar la comida. Las niñas que vivían cerca de la escuela iban a casa a comer, pero había siete que almorzaban en el «comedor» por diez peniques. Era una comida desagradable y transcurría en un silencio casi absoluto, pues las niñas temían hablar en presencia de la señora Creevy. Consistía en estofado de cuello de cordero y la señora Creevy tenía una extraordinaria habilidad para servir las tajadas de carne magra a las hijas de los «buenos pagadores» y las de grasa a las de los «pagadores medianos». En cuanto a las tres hijas de «malos pagadores», comían avergonzadas en el aula el contenido de una bolsa de papel de estraza.