La hija del clerigo
La hija del clerigo A las once había un descanso de diez minutos y algunas niñas jugaban a juegos aburridos como el tres en raya o se peleaban por sus estuches. Las pocas que habían superado su timidez inicial se arremolinaban en torno a la mesa de Dorothy y le hablaban de los métodos de enseñanza de la señorita Strong y de cómo les retorcía las orejas cuando hacían un borrón en el cuaderno. Por lo visto la señorita Strong era muy estricta excepto cuando «se ponía mala», cosa que ocurría dos veces por semana. En esos casos tomaba siempre una medicina que guardaba en una botellita marrón y luego se ponía muy contenta y les hablaba de un hermano que tenía en Canadá. Pero el último día —cuando se puso tan mala en clase de aritmética— la medicina le sentó peor que nunca porque nada más tomársela empezó a cantar y se desplomó sobre la mesa, y la señora Creevy tuvo que llevársela del aula.