La hija del clerigo
La hija del clerigo Cualquiera que viese cómo vivía la señora Creevy habría dicho que carecía totalmente de placeres. No hacía nada de lo que hace la gente normal para divertirse —no iba al cine, no leía libros, no comía dulces, no cocinaba un plato especial para la comida, ni se vestía con ningún refinamiento—. Le traía sin cuidado no tener vida social. No tenía amigos, era incapaz de concebir la amistad y apenas hablaba con nadie si no era por una cuestión de negocios. Tampoco tenía el menor vestigio de creencia religiosa. Su actitud por la religión, aunque asistía todos los domingos a la capilla baptista para impresionar a los padres con su piedad, era un mezquino anticlericalismo basado en la idea de que los curas solo «quieren sacarte el dinero». Parecía una criatura sin alegrías y totalmente sumergida en la monotonía de su existencia, pero en realidad no era así. Había varias cosas que le proporcionaban un placer agudo e inagotable.