La hija del clerigo

La hija del clerigo

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Sin ir más lejos, su avaricia. El dinero era lo que más le interesaba en la vida. Hay dos tipos de avaros: los descarados y codiciosos que están dispuestos a arruinarte a la menor oportunidad pero que no se molestan en agacharse a recoger un penique, y los más míseros y mezquinos cuyo objetivo no es ganar dinero, pero que como suele decirse, no dudarían en sacar con los dientes ese mismo penique de un estercolero. La señora Creevy era de las segundas. A fuerza de perseguir a los padres y de mentirles sin el menor pudor había logrado tener veintiuna alumnas, pero nunca podría tener más porque era demasiado tacaña para comprar el material necesario y pagarle un salario digno a su ayudante. Las niñas pagaban, o no, unas tasas de cinco guineas por trimestre, así que, por mucho que matase de hambre e hiciese trabajar a su ayudante, lo más que podía ganar al año eran ciento cincuenta libras. Pero con eso se contentaba. Prefería ahorrar seis peniques que ganar una libra. Con tal de poder escatimarle otra patata a Dorothy en la comida, conseguir sus cuadernos de ejercicios a medio penique menos la docena, o colarle media guinea falsa a uno de los buenos pagadores, era feliz a su manera.





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