La hija del clerigo

La hija del clerigo

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

También encontraba una fuente de distracción inagotable en la maldad pura y gratuita, en las pequeñas ruindades de las que ni siquiera sacaba ningún beneficio. Era de esas personas que experimentan una especie de orgasmo espiritual cuando le gastan a alguien una jugarreta. La guerra que libraba con su vecino el señor Boulger —una guerra unilateral, en realidad, porque aquel pobre hombre no era contrincante para la señora Creevy— era despiadada y sin cuartel. Tanto le gustaba fastidiarle que incluso estaba dispuesta a gastar dinero para hacerlo. Un año antes, el señor Boulger había escrito al casero (ambos se pasaban la vida escribiendo al casero para quejarse el uno del comportamiento del otro) para decirle que la chimenea de la cocina de la señora Creevy echaba el humo junto a sus ventanas traseras y pedirle que la levantara medio metro de altura. El mismo día que recibió la carta del casero, la señora Creevy llamó a los albañiles y mandó que la acortasen medio metro. Le costó treinta chelines, pero valió la pena. Después se produjo la larga guerra de guerrillas consistente en arrojar de noche cosas por encima de la tapia del jardín, que la señora Creevy acabó venciendo tras echar un cubo de cenizas húmedas sobre el macizo de tulipanes del señor Boulger. Poco después de la llegada de Dorothy, la señora Creevy logró una victoria clara e incruenta al descubrir por casualidad que las raíces del ciruelo del señor Boulger habían crecido por debajo de la tapia hasta su propio jardín, así que le inyectó una lata entera de herbicida y mató el árbol. Fue un día notable, porque fue la única ocasión en que Dorothy oyó reír a la señora Creevy.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker