La hija del clerigo
La hija del clerigo Pero, pese a aquellas dificultades menores, ¡qué bien fue todo aquellas primeras semanas! ¡Qué ominosamente bien! El 10 de noviembre, después de mucho refunfuñar por el precio del carbón, la señora Creevy dejó que encendieran la estufa en el aula. La inteligencia de las niñas despertó notablemente en cuanto la clase estuvo tolerablemente caliente. Y Dorothy pasó horas felices, cuando el fuego chisporroteaba en la estufa, la señora Creevy estaba fuera y las niñas trabajaban en silencio absorbidas en su lección favorita. Lo mejor era cuando las niñas de las dos clases leÃan las escenas de Macbeth con voz chillona y sin pararse a cobrar aliento, Dorothy les hacÃa pronunciar las palabras correctamente, o les preguntaba quién era el novio de Belona y cómo volaban las brujas en sus escobas; y las chicas se preguntaban casi tan intrigadas como si de una novela de detectives se tratara, cómo era posible que el bosque de Birnam trepara a Dunsinane y que a Macbeth lo matara un hombre que no fuese nacido de mujer. Esos son los ratos que hacen que dar clase valga la pena, cuando el entusiasmo de los niños se enciende como una llama igual que el tuyo e inesperados destellos de inteligencia recompensan tus esfuerzos previos. No hay trabajo más fascinante que la enseñanza si se goza de cierta libertad. Aunque Dorothy ignoraba todavÃa que esa condición es una de las más importantes del mundo.