La hija del clerigo

La hija del clerigo

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Dorothy envió a una mensajera, pero era demasiado tarde. Mavis se quedó in latebra pudenda hasta las doce en punto. Después la señora Creevy explicó en privado a Dorothy que Mavis era retrasada mental o, tal como lo dijo ella, «no estaba bien de la cabeza». Era totalmente imposible enseñarle nada. Por supuesto, la señora Creevy no se lo había dicho a los padres, que estaban convencidos de que su hija iba un poco atrasada y seguían pagando las tasas con regularidad. Mavis era fácil de llevar. Bastaba con darle un libro, un lápiz, decirle que hiciera un dibujo y estuviese calladita. Pero Mavis, una niña de costumbres, no dibujaba más que garabatos…, se quedaba en silencio y pasaba feliz las horas, con la lengua fuera, entre sus garabatos y tachones.










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