La hija del clerigo

La hija del clerigo

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Así que Dorothy dejó de enseñar geografía a Mabel y dedicó más tiempo a la aritmética, con gran disgusto por parte de la niña. Luego llegaron más cartas. Una señora expresaba su preocupación al enterarse de que su hija estaba leyendo a Shakespeare. Había oído —escribía— que aquel tal señor Shakespeare era un escritor de obras de teatro, ¿estaba segura la señorita Millborough de que no era también un escritor muy inmoral? Ella no había ido al cine en toda su vida, y menos al teatro, y tenía la sensación de que leer obras de teatro era muy peligroso, etcétera, etcétera. No obstante, se tranquilizó cuando Dorothy le informó de que Shakespeare había muerto. Eso pareció tranquilizarla. Otro padre quería que dedicase más atención a la caligrafía de su hija, y otro pensaba que las clases de francés eran una pérdida de tiempo, y así sucesivamente hasta que el plan de estudios que Dorothy había preparado con tanto cuidado quedó hecho pedazos. La señora Creevy le dio a entender claramente que debía hacer lo que pidieran los padres, o al menos fingir que lo hacía. En muchos casos era casi imposible pues la clase se desorganizaba al tener a una niña estudiando, por ejemplo, aritmética mientras los demás estudiaban historia o geografía. Pero en las escuelas privadas la palabra de los padres es ley. Su existencia se fundamenta, igual que la de los demás comercios, en la adulación al cliente y si un padre quiere que a su hijo se le enseñe solo a jugar a las cunitas y el alfabeto cuneiforme el maestro tendrá que complacerle si no quiere perder un alumno.


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