La hija del clerigo

La hija del clerigo

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Casi al principio se produjo un incidente a propósito de las clases sobre las Sagradas Escrituras. Dos veces por semana, las niñas leían un par de capítulos de la Biblia, alternando el Antiguo y el Nuevo Testamento y varios padres escribieron pidiéndole a Dorothy que no respondiera a las preguntas de las niñas sobre la Virgen María y que se leyeran esos textos sin hacer comentarios o incluso se pasaran por alto. Pero fue Shakespeare, ese escritor inmoral, quien acabó irritándolos a todos. Las niñas habían leído Macbeth intrigadas por saber cómo se cumpliría la profecía de las brujas. Se estaban acercando a las escenas finales. El bosque de Birnam había trepado a Dunsinane, esa parte estaba resuelta, pero ¿qué había del hombre que no había nacido de mujer? Llegaron al pasaje fatídico:

MACBETH: En vano te fatigas:

más fácil te sería herir con el filo de tu espada

el impalpable aire que hacerme sangre:

caiga tu acero sobre yelmos vulnerables;

mi vida está hechizada, y matarme no puede

nadie que haya nacido de mujer.

MACDUFF: ¡Desconfía de tu hechizo

y haz que el ángel de quien eres siervo

te diga que a Macduff del útero de su madre

se le arrancó a destiempo!


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