La hija del clerigo
La hija del clerigo Las niñas se quedaron perplejas. Se produjo un silencio momentáneo, y luego se oyó un coro de voces en la clase.
—Perdón, señorita, ¿qué significa eso?
Dorothy se lo explicó. Lo hizo de forma incompleta y fragmentaria, con una súbita y horrible sensación…, una premonición de que iba a causarle complicaciones, pero aun así se lo explicó. Y, claro, luego empezó lo bueno.
Más o menos la mitad de las niñas volvieron a casa y preguntaron a sus padres el significado de la palabra «útero». Se produjo una súbita conmoción, un ir y venir de notitas y un electrizado escalofrío recorrió quince honrados hogares no conformistas. Esa noche, los padres debieron de celebrar una especie de cónclave, pues la tarde siguiente, cuando acabaron las clases una delegación fue a ver a la señora Creevy. Dorothy los oyó llegar de uno en uno y de dos en dos y adivinó lo que iba a ocurrir. En cuanto despidió a las niñas, oyó a la señora Creevy que le decía secamente desde el piso de arriba:
—¡Suba un minuto, señorita Millborough!