La hija del clerigo

La hija del clerigo

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Dorothy subió esforzándose en controlar el temblor de sus rodillas. La señora Creevy la esperaba de pie al lado del piano en el tétrico saloncito acompañada de seis padres sentados en sillas de crin de caballo como un círculo de inquisidores. Ahí estaba el señor Geo. Briggs que había escrito la carta sobre la aritmética de Mabel —un verdulero de aire despierto casado con una mujer astuta y reseca—, había también un hombre grande como un búfalo con largos bigotes y una mujer muy inexpresiva que era además extrañamente plana, como si la hubiesen aplanado con algún objeto muy pesado —su marido tal vez—. Dorothy no entendió sus nombres. También estaba la señora Williams, la madre de la retrasada mental, una mujer morena, menuda y muy obtusa que siempre se mostraba de acuerdo con el que hubiese hablado el último, y un tal señor Poynder, viajante comercial. Un hombre de rostro ceniciento y labios inquietos que rondaba la mediana edad y se tapaba la calva con unos cuantos pelos de aspecto desagradable cuidadosamente pegados. En honor a aquella visita tres gruesos trozos de carbón ardían lentamente en la chimenea.

—Siéntese ahí, señorita Millborough —dijo la señora Creevy señalando una silla que estaba en mitad del círculo de padres como un banquillo de los arrepentidos. —Dorothy se sentó—. Y ahora escuche lo que tiene que decirle el señor Poynder.


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