La hija del clerigo
La hija del clerigo —Creo estar expresando la opinión de todos —dijo con su retórica de vendedor de tres al cuarto— al decir que si la señorita Millborough hubiese sabido que en esa obra de teatro, Macduff, o como quiera que se llame, se decÃan palabras como…, bueno como las palabras de las que estamos hablando no se la habrÃa hecho leer a las niñas. En mi opinión es una deshonra que se impriman libros escolares con esas palabras. Estoy seguro de que si cualquiera de nosotros hubiésemos sabido que Shakespeare era asà nos habrÃamos opuesto desde el principio. Tengo que admitir que me sorprende. El otro dÃa leà un artÃculo en mi ejemplar del News Chronicle donde se decÃa que Shakespeare era el padre de la literatura inglesa; pues bien, si eso es literatura, yo digo que podemos pasarnos sin ella. Creo que todos estarán de acuerdo. Y, por otro lado, si la señorita Millborough no sabÃa que la palabra…, en fin, la palabra a la que me refiero…, aparecÃa en esa obra deberÃa haberla pasado de largo. No habÃa ninguna necesidad de explicársela a las niñas. HabrÃa bastado con decirles que se callaran y no hicieran tantas preguntas…, asà es como hay que educar a los niños.
—¡Pero si no se lo hubiese explicado las niñas no habrÃan comprendido la obra! —protestó Dorothy por tercera o cuarta vez.