La hija del clerigo
La hija del clerigo Al cabo de un rato aquel «par de cosas» se transformó en una serie de promesas por parte de la señora Creevy asegurándoles que no volvería a suceder nada parecido y que echarían al fuego el indecente librito de Shakespeare. Los padres se quedaron satisfechos. Dorothy se había llevado una lección y sin duda le sería de provecho; no le guardaban rencor y no eran conscientes de haberle humillado. Se despidieron de la señora Creevy y de Dorothy, aunque de ella con algo más de frialdad, y se marcharon. Dorothy se puso también en pie para marcharse, pero la señora Creevy le indicó con un gesto que se quedara donde estaba.
—Espere un minuto —dijo en tono amenazador mientras los padres abandonaban la sala—. Todavía no he terminado con usted, ni muchísimo menos.
Dorothy volvió a sentarse. Se le doblaban las rodillas y estaba más que nunca al borde de las lágrimas. La señora Creevy, después de acompañar a los padres a la calle, volvió con un cuenco lleno de agua y lo volcó sobre el fuego, ¿para qué seguir desperdiciando carbón si los padres ya se habían ido? Dorothy pensó que otra vez iba a empezar a reñirla. Sin embargo, la cólera de la señora Creevy parecía haberse aplacado…, al menos había abandonado aquel aire de virtud ofendida que había tenido que fingir en presencia de los padres.