La hija del clerigo
La hija del clerigo —Tan solo quiero tener una pequeña charla con usted, señorita Millborough —dijo—. Ya va siendo hora de dejar claro lo que se puede hacer y lo que no se puede hacer en esta escuela.
—Sà —respondió Dorothy.
—Seré franca con usted. En cuanto llegó me di cuenta de no tenÃa ni idea de dar clase, pero eso no me habrÃa importado si hubiese tenido una pizca de sentido común como las demás chicas a quienes he contratado antes. Pero está visto que carece de él. Le he dado carta blanca una o dos semanas y lo primero que ha hecho es soliviantar a todos los padres. Pues bien, no pienso permitir que eso vuelva a repetirse. A partir de ahora las cosas se harán a mi manera y no a la suya. ¿Le ha quedado claro?
—Sà —volvió a decir Dorothy.
—Y no vaya a pensar que no puedo pasarme sin usted —prosiguió la señora Creevy—. Puedo conseguir maestras a dos chelines y un penique cualquier dÃa de la semana, licenciadas y todo. Lo malo es que las licenciadas son más propensas a darse a la bebida porque si no…, pero eso no viene al caso, aunque tengo que admitir que usted no tiene ese vicio ni ningún otro parecido. Creo que podemos llevarnos bien si olvida esas ideas modernas y logra meterse en la cabeza lo que es la enseñanza en la práctica. Asà que escúcheme.