La hija del clerigo
La hija del clerigo Dorothy escuchó. Con admirable claridad y un cinismo tanto más repulsivo por ser totalmente inconsciente, la señora Creevy le expuso la técnica de la sucia estafa que ella llamaba «enseñanza».
—Lo que tiene que entender de una vez por todas —empezó— es que lo único que importa en una escuela son las tasas. Y eso de «desarrollar la imaginación de las niñas», como usted dice no lleva a ninguna parte. Lo que me interesa son las tasas y no desarrollar la imaginación de nadie. Al fin y al cabo es una cuestión de puro sentido común. No irá a pensar que iba a abrir una escuela y dejar que cuatro mocosas me pusieran la casa patas arriba si no pudiera ganar dinero con ello. Lo primero son las tasas y lo demás viene por añadidura. ¿Acaso no se lo dije el primer dÃa que vino usted aquÃ?
—Sà —admitió humildemente Dorothy.