La hija del clerigo
La hija del clerigo Pero lo que le había dicho la señora Creevy sobre la «enseñanza en la práctica» no había sido más que una exposición realista de los hechos. Solo había expresado en voz alta lo que pensaban pero no se atrevían a decir casi todos los que estaban en su situación. Su manida frase «Lo que importa son las tasas» era un lema que podría —y de hecho debería— estar escrito sobre el dintel de la puerta de entrada a todas las escuelas privadas de Inglaterra.
Lo cierto es que en Inglaterra hay muchísimas escuelas privadas. De segunda, de tercera y de cuarta fila (Ringwood House era un ejemplo de las de cuarta), las hay por docenas y centenares en cualquier barrio londinense y en cualquier ciudad de provincias. En cualquier momento dado podrían contarse decenas de miles de ellas y solo un millar se someten a la inspección del gobierno. Y, aunque unas son mejores que otras, y algunas probablemente sean mejores que las escuelas públicas con las que compiten, todas adolecen del mismo mal: que su único propósito es ganar dinero. A menudo, aunque no sea un negocio ilegal, se fundan exactamente con el mismo espíritu que quien pone un burdel o un garito. Algún casposo hombrecillo de negocios (es frecuente que el dueño de esas escuelas no sea profesor) le dice una mañana a su mujer: