La hija del clerigo
La hija del clerigo Dorothy no pidió permiso para salir, pero notó que no podÃa seguir un minuto más en aquella casa. Cogió el sombrero y el abrigo y fue por la calle mal iluminada en dirección a la biblioteca pública. Estaban a finales de noviembre. Aunque el dÃa habÃa sido húmedo, un viento nocturno seco como una amenaza soplaba entre los árboles casi desnudos, hacÃa que la llama de los faroles temblara a pesar del cristal y agitaba las hojas mojadas que alfombraban la acera. Dorothy sintió un ligero escalofrÃo. El viento le recordó el frÃo que habÃa pasado en Trafalgar Square. Y, aunque en realidad no pensaba que perder su trabajo equivaliera a volver a aquel submundo —en el peor de los casos su primo o alguna otra persona la habrÃan ayudado—, la charla de la señora Creevy habÃa hecho que Trafalgar Square le pareciera de pronto mucho más próxima. Le habÃa hecho entender a la perfección el gran mandamiento moderno, el undécimo mandamiento que impera sobre todos los demás: «Conservarás tu empleo».