La hija del clerigo

La hija del clerigo

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Aprendió las deprimentes mañas del maestro de escuela. Aprendió a insensibilizar su imaginación con una capa de barniz contra las horas interminables y aburridas, a economizar el aguante de sus nervios, a ser implacable y estar siempre atenta, a sentir una especie de orgullo al ver un absurdo galimatías bien hecho. Fue como si de pronto se hubiese vuelto mucho más madura y severa. Su mirada había perdido el brillo casi infantil que había tenido antes, su cara estaba más delgada y su nariz parecía más larga. Había ocasiones en las que su rostro era indudablemente el de una maestra de escuela y casi la imaginaba uno con unos quevedos. No obstante todavía no se había vuelto cínica. Seguía siendo consciente de que aquellas niñas estaban siendo víctimas de una estafa repugnante y de haber estado en su mano habría hecho algo por ellas. Si las reñía y les llenaba la cabeza de tonterías era solo por una razón: que necesitaba conservar su empleo a toda costa.

Ese trimestre hubo muy poco revuelo en el aula. La señora Creevy, siempre ansiosa de encontrarla en falta, apenas tuvo motivos para dar golpes en la pared con el mango de la escoba. Una mañana, durante el desayuno miró secamente a Dorothy como si estuviese sopesando una decisión y luego empujó el plato de mermelada al otro lado de la mesa.


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