La hija del clerigo

La hija del clerigo

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—Sírvase un poco de mermelada si le apetece, señorita Millborough —dijo con mucha amabilidad para tratarse de ella.

Fue la primera vez que probó la mermelada desde su llegada a Ringwood House.

Se ruborizó levemente y no pudo sino pensar que aquella mujer había reparado en que estaba esforzándose por hacerlo lo mejor posible.

A partir de ese día pudo tomar mermelada en el desayuno todas las mañanas. Y los modales de la señora Creevy con ella se volvieron no cordiales porque eso habría sido imposible, pero sí menos brutales y ofensivos. Hubo ocasiones en que llegó a hacer una mueca que pretendía ser una sonrisa, Dorothy tuvo la sensación de que su rostro crujía con el esfuerzo. Su conversación empezó a estar salpicada de alusiones al «próximo trimestre». No hacía más que decir «El próximo trimestre haremos esto» y «El próximo semestre quiero que haga usted aquello», y Dorothy empezó a tener la sensación de haberse ganado su confianza y de que la trataba más como una colega que como una esclava. Así empezó a concebir la vaga, irracional pero emocionante esperanza de que la señora Creevy fuese a subirle el sueldo. Era enormemente improbable y trató de convencerse de ello, pero no lo consiguió. ¡Qué diferente sería todo si le subiera solo media corona a la semana!


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