La hija del clerigo
La hija del clerigo Llegó el último día. Dorothy pensó que, con un poco de suerte, la señora Creevy le pagaría al día siguiente. Necesitaba el dinero desesperadamente, las últimas semanas había estado sin un penique y no solo estaba hambrienta, sino que necesitaba unas medias nuevas, pues no le quedaba un solo par que no estuviese zurcido por todas partes. A la mañana siguiente en lugar de salir después de terminar las labores domésticas, se quedó en el «comedor» mientras la señora Creevy daba golpes con la escoba y el recogedor en el piso de arriba. Al cabo de un rato bajó.
—¡Ah, está usted aquí, señorita Millborough! —dijo en un tono peculiarmente significativo—. Ya suponía yo que esta mañana no tendría tanta prisa por irse. En fin, ya que no se ha marchado, aprovecharé para pagarle el sueldo.
—Gracias —respondió Dorothy.
—Y después —añadió la señora Creevy—, hay otra cosa que quiero decirle.
A Dorothy el corazón le dio un brinco. ¿Se referiría a la anhelada subida de sueldo? Siempre cabía esa posibilidad. La señora Creevy sacó un monedero viejo y abultado de un cajón cerrado con llave de la cómoda, lo abrió y se humedeció el pulgar con la lengua.