La hija del clerigo

La hija del clerigo

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—Son doce semanas y cinco días —dijo—. Dejémoslo en doce semanas, no hay por qué ser tan puntillosos contando los días. Así que en total son seis libras. —Contó cinco billetes mugrientos de una libra y dos billetes de diez chelines; luego examinó uno de ellos y, juzgando al parecer que estaba demasiado limpio, volvió a meterlo en el monedero y sacó otro que estaba casi partido en dos. Fue a la cómoda, cogió un trozo de papel engomado transparente y pegó los dos trozos. Luego se lo dio a Dorothy con los otros seis—. Ahí tiene, señorita Millborough —dijo—. Y ahora le agradeceré que se vaya cuanto antes de mi casa. Ya no necesito de sus servicios.

—Que no necesita… —Fue como si a Dorothy se le hubiese helado el corazón. Se quedó lívida, pero, pese a su terror y desesperación, siguió sin estar del todo segura de haber entendido bien lo que le había pedido. Seguía pensando a medias que lo único que quería la señora Creevy era que se tomase el resto del día libre—. ¿Que no necesita de mis servicios? —repitió con voz desmayada.

—No. Voy a contratar a otra maestra el trimestre que viene. Y no irá usted a pensar que iba a mantenerla en vacaciones a cambio de nada, ¿verdad?

—Pero no me estará diciendo que quiere que me vaya y que estoy despedida, ¿verdad?


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