La hija del clerigo
La hija del clerigo —Pues claro que sÃ. ¿Qué voy a estar diciéndole si no?
—¡Pero no me ha avisado usted con antelación! —replicó Dorothy.
—¡Avisarla! —repitió la señora Creevy montando en cólera—. ¿Y con qué derecho exige que la avise a usted de nada? No tiene un contrato por escrito, ¿verdad?
—No…, supongo que no.
—¿Entonces qué quiere? Más vale que suba a empaquetar sus cosas. No tiene sentido que se quede ni un minuto más, porque no he preparado comida para usted.
Dorothy fue al piso de arriba y se sentó a un lado de la cama. Estaba temblando de pies a cabeza y hasta pasados unos minutos no pudo dominarse y empezar a recoger sus cosas. Se sentÃa aturdida. La calamidad que se habÃa abatido sobre ella era tan inesperada, tan aparentemente inmotivada que le costaba creer que fuese cierta. Pero la razón por la que la habÃa despedido la señora Creevy era muy lógica y sencilla.