La hija del clerigo
La hija del clerigo Le habÃa dicho a la señora Creevy que le darÃa una dirección donde enviarle su baúl y la señora Creevy le habÃa cobrado cinco chelines por adelantado por el transporte. Asà que tenÃa cinco libras y quince chelines en el bolsillo que le darÃan para vivir tres semanas si hacÃa economÃas. No sabÃa a qué se dedicarÃa, solo que tendrÃa que empezar por ir a Londres y buscar alojamiento. Pero el primer pánico habÃa pasado, y comprendió que su situación no era tan desesperada. Sin duda su padre la ayudarÃa, al menos por un tiempo, y en el peor de los casos, aunque solo de pensarlo se ponÃa enferma, siempre podrÃa volver a pedirle ayuda a su primo. Además, sus posibilidades de encontrar empleo probablemente fuesen buenas. Era joven, hablaba con acento educado, y no le importaba cobrar el sueldo de una criada, cualidades ambas muy apreciadas por los dueños de escuelas de tres al cuarto. Lo más probable era que le fuesen bien las cosas. Pero de lo que no habÃa la menor duda era de que le esperaba una época difÃcil e incierta en la que tendrÃa que buscar empleo y pasar hambre.