La hija del clerigo
La hija del clerigo Media hora después de recibir la sentencia de despido, Dorothy abrió la puerta del jardín con el bolso al hombro. Estaban a 4 de abril, hacía un día ventoso y despejado, demasiado frío para estar en la calle, con un cielo tan azul como un huevo de acentor común y uno de esos temibles vientos de primavera que recorren las aceras con súbitas ráfagas de aire seco que te echan la tierra a la cara. Dorothy cerró la puerta a sus espaldas y empezó a andar muy despacio en dirección a la estación central.