La hija del clerigo
La hija del clerigo —Parece usted mayor.
—Lo soy —dijo Dorothy.
—SÃ, pero parece…, en fin, más adulta. Más dura. Algo ha cambiado en su cara. Si me permite la expresión, es como si hubiese exorcizado para siempre la girl guide que llevaba dentro. Espero que a cambio no la hayan poseÃdo siete demonios. —Dorothy no respondió y él añadió—: Supongo que lo habrá pasado usted muy mal.
—¡Fatal! Tanto que no sabrÃa cómo expresarlo con palabras. Figúrese que a veces… —Se contuvo. HabÃa estado a punto de decirle que habÃa tenido que mendigar para comer, que habÃa dormido en la calle, que la habÃan detenido por mendicidad y habÃa pasado la noche en comisarÃa, que la señora Creevy la habÃa regañado y matado de hambre, pero se interrumpió, porque habÃa comprendido de pronto que no querÃa hablar. Todo aquello carecÃa de importancia, no eran más que accidentes irrelevantes, no muy diferentes de coger un resfriado o tener que esperar dos horas el tren en la estación. El tópico de que lo único que ocurre realmente es lo que sucede en nuestra imaginación le pareció más evidente que nunca y dijo—: En realidad poco importa. La falta de dinero o no tener suficiente para comer…, incluso cuando está uno muerto de hambre, no cambia nada en tu interior.