La hija del clerigo
La hija del clerigo El señor Warburton insistió en viajar en primera clase y no permitió que Dorothy pagara su propio billete; además, aprovechando que Dorothy estaba distraída, le dio una propina al revisor para que los instalara solos en un compartimento. Hacía uno de esos días fríos y luminosos que parecen de primavera o de invierno según uno se encuentre bajo techo o al aire libre. Desde detrás de las ventanillas cerradas del vagón el cielo de color azul intenso parecía cálido y agradable e incluso los desérticos arrabales por los que traqueteaba el tren, con sus laberintos de casitas de color sucio, las enormes y caóticas fábricas, los canales fangosos y los solares abandonados sembrados de calderas oxidadas y cubiertos de malas hierbas ennegrecidas por el humo tenían mejor aspecto bajo los rayos dorados y redentores del sol. Dorothy apenas dijo nada la primera media hora de viaje. De momento estaba demasiado feliz para hablar. Ni siquiera pensaba en nada en particular, sino que se limitaba a deleitarse con la luz del sol que filtraba el cristal de la ventanilla, la comodidad del asiento acolchado y la sensación de haberse librado de las garras de la señora Creevy. No obstante, sabía que aquel estado de ánimo no podía durar mucho tiempo. Su bienestar, como el calor del vino que había bebido en la comida, iba desapareciendo y en su imaginación empezaban a cobrar forma pensamientos dolorosos o difíciles de expresar. El señor Warburton había estado observando su rostro con más atención de lo que era habitual en él, como si tratara de calibrar los cambios que habían obrado en ella aquellos últimos ocho meses.